Pasamos por pueblos de interior con San Bartolome o Mancha Blanca, por paisajes de color marrón donde resaltan las casas bajas, blancas y con las puertas y ventanas de color verde oscuro, lo que parece el color oficial de las casas. De vez en cuando vemos a la gente blanqueando las paredes.
Y manchas blancas son precisamente lo que parecen los pueblecillos en medio del paisaje árido, a veces marrón, a veces más negro, de la isla. Las palmeras y cactus alegran un poco el camino.
Llegamos al centro de visitantes y paramos por si hay algo interesante... Lo único que nos pareció interesante es el mirador al campo de lava que hay.
Pero fue un gran acierto entrar por este lado, desde el centro de visitantes, porque los que entraban por el lado sur formaban una caravana bastante grande en la entrada al parque (9 EUR), la cual pudimos esquivar. Lo que no pudimos esquivar fue la segunda caravana dentro del parque, ya que se iba dando paso a los coches que entraban a medida que otros iban saliendo, debido a la gran cantidad de visitantes.
Es como una zona cero o campo de minas: lleno de cráteres que han explotado y a sus pies campos de lava. Muy bonito y muy recomendable de visitar.
No recomiendo comer en el restaurante Diablo, diseño de César Manrique. Nos hizo gracia probar la carne asada por el calor de la tierra y poder observar el paisaje volcánico mientras comíamos pero fue infierno, porque el aire no corría y estuvimos toda la comida sudando y deseando acabar para salir a tomar el aire, que corría y bastante en el exterior.
Esta parte del sur de la isla es la más salvaje que hemos visto: desde el el parque del Timanfaya, los campos de lava del parque llegan hasta la costa y forman acantilados preciosos: los hervideros.
A las salinas, sin embargo, no les encontramos mucho interés. Ni mucho tampoco al Golfo, donde vimos la laguna verde que se forma. Aunque he de decir que tampoco les dedicamos mucho tiempo.



























